El imperialismo enfrenta una crisis global

Suplemento Correo Internacional (septiembre 2011)
A 10 años del 11 de Setiembre
EL IMPERIALISMO ENFRENTA UNA CRISIS GLOBAL
En ocasión del 10º aniversario de los atentados del 11 de setiembre de 2001 (11S), se abrió un amplio debate en la prensa sobre el significado y las consecuencias de los atentados a las Torres Gemelas de Nueva York y al edificio del Pentágono en Washington.
El 11 S fue sin dudas un hito en la historia mundial reciente. Es un hecho que el 10º aniversario de esta fecha encuentra a EEUU en una profunda crisis económica y política y con mayores dificultades para controlar el mundo como potencia imperialista hegemónica. Una parte importante de los hechos que llevaron a esta crisis comenzaron a tejerse precisamente ese día. Es muy importante discutir las relaciones entre esos hechos y la crisis, cuales son las consecuencias de esos hechos en lo que pasa hoy en el mundo.
Muchos analistas opinan que la organización Al Qaeda ha sido el gran actor del proceso, que hasta la propia crisis económica del imperialismo fue debida al efecto directo de los atentados del 11S. Pero están equivocados, la verdad es que el imperialismo utilizó los atentados como pretexto para largar su ofensiva de la “guerra contra el terror”. El efecto de esos atentados terroristas fue unir al pueblo estadounidense con su gobierno. Ese respaldo popular fortaleció Bush para aplicar su proyecto y poder ter éxitos iniciales en Irak y Afganistán, al comienzo de la década.
Del mismo modo, que Bush aprovechó los atentados para lograr apoyo popular en su país, las cosas cambiarían cuando las masas del mundo entraron en acción resistiendo a su ofensiva. Fueron las acciones de masas y no los atentados terroristas los que frenaron y derrotaron esta ofensiva. Contra lo que dicen muchos analistas, fueron las luchas obreras y las revoluciones lo que pusieran el imperialismo en la difícil situación que enfrenta hoy. Si las acciones terroristas aisladas unen a las burguesías, las revoluciones tienen el efecto opuesto y la dividen, como en Túnez, Egipto y Libia, y así son el gran temor del imperialismo.
Por eso, Al Qaeda ha jugado un papel insignificante en las revoluciones árabes y hoy no representa una referencia para el movimiento de masas en Egipto, Túnez, Libia o Siria. En la medida que las masas protagonizan las revoluciones, los “aparatos terroristas” desligados de ellas inevitablemente pierden peso.
Bush utilizó los atentados
Todavía persiste la polémica de la actitud del gobierno Bush frente a la preparación y concreción de los atentados por parte de los comandos de Al Qaeda, la organización encabezada por Bin Laden. Existe la sospecha de que el gobierno conocía de antemano lo que iba a ocurrir y dejó correr para aprovechar su impacto en la opinión pública estadounidense a favor del proyecto político que expresaba Bush. La verdad quizá sólo la vamos a saber dentro de muchos años. Pero lo que sí es evidente es que utilizó a fondo los atentados para lanzar su proyecto.
El Proyecto del Nuevo Siglo Americano agrupaba a un ala de extrema derecha del Partido Republicano que criticaba al entonces presidente demócrata Bill Clinton y también a los tradicionales sectores conservadores republicanos por ser “blandos” e incapaces de revertir el “síndrome de Vietnam”, pasar a la ofensiva y así asegurar un férreo dominio estadounidense sobre el mundo.
Frente a un proceso de crisis económica en EEUU, revoluciones en Latinoamérica, y la 2ª Intifada en Palestina, para ellos, era necesario cambiar de política y lanzar una ofensiva bonapartista: la propuesta era una política exterior agresiva y militarizada, para revertir la crisis y adueñarse del petróleo y las fuentes de energía. Este sector gana las internas republicanas y después las elecciones presidenciales.
Pero el gobierno Bush nació débil: su elección estaba cuestionada (porque ganó en el colegio electoral con el voto de Florida con acusaciones de fraude allí). Bush utiliza los atentados porque crearon las condiciones para ganar un fuerte apoyo popular y así desarrollarlo en gran escala, al presentarlo como una política de “defensa” de un país que estaba siendo “agredido” (en la época, 75% de los estadounidenses apoyaron la invasión a Afganistán.)
En octubre de 2001, tropas estadounidenses invaden Afganistán y derrocan al gobierno de los talibanes, acusados de ser la base y el respaldo de Al Qaeda y Bin Laden.
Su gobierno también aprovechó los atentados para aumentar el presupuesto de “defensa” y las inversiones en el complejo militar industrial. Combinaba así su política armamentista con medidas anticrisis: gracias los nuevos contratos, empresas como la Boeing pasaron, en poco tiempo, de estar al borde de la quiebra a tener grandes ganancias anuales. Sumado a otras medidas, como la rebaja de tasas bancarias, consigue un período de varios años de crecimiento económico. También, avanza en el proceso de recolonización de los países latinoamericanos, a través y los TLCs.
El movimiento de masas derrota a Bush
El rápido triunfo obtenido en Afganistán llevó a Bush a redoblar la apuesta: en 2003, las tropas estadounidenses, junto con el imperialismo europeo y países títeres menores, invade Irak y derroca a Saddam Hussein. El proyecto buscaba atacar a todos los países que no estuvieran completamente entregados, a los que se llamaba el “eje del mal”. Bush no admitía ningún grado de resistencia. En esos momentos, esos países eran Irak, Irán, Siria y Corea del Norte. El próximo paso después de Irak debería ser derrocar al régimen de los ayatolás iraníes con el cual el imperialismo estadounidense tenía cuentas pendientes desde la revolución de 1979.
Pero ya ahí comenzaron los problemas. El proyecto de Bush y su ofensiva internacional chocaron con un elemento no previsto en la “ecuación”: la resistencia del movimiento de masas comienza a derrotarlos. En Latinoamérica, se genera un amplio movimiento de lucha contra el ALCA y una serie de gobiernos neoliberales son derrotados en las urnas o en las calles. Bush orquestra un golpe en Venezuela contra el presidente venezolano Hugo Chávez, en 2002. Chávez y todos sus ministros ya se habían entregado. Pero el golpe es derrotado por la reacción de las masas.
Sin embargo, fue en Irak donde Bush apostó más fuerte y jugó la suerte de su proyecto. La guerra de ocupación, aparentemente triunfante, se transformó rápidamente en una guerra de liberación del pueblo iraquí contra las tropas ocupantes, de curso cada vez más desfavorable para el imperialismo, hasta volverse una “guerra imposible de ganar”. Dentro de EEUU, la oposición a la guerra se fue haciendo mayoritaria, lo que obliga a decidir una reducción del número de las tropas y las promesas de retirarlas.
Fueron fracasando sucesivos planes para estabilizar y controlar Irak, hasta llegar a la decisión de Obama de retirar las tropas y dejar el cargo un gobierno iraquí extremamente inestable compuesto por sectores chítas y kurdos, y que no le da las garantías de estabilidad a sus fuerzas armadas para que enfrenten el caos en que se convirtió el país. En Irak, no hay una “huída” apresurada de las tropas estadounidenses, como en Vietnam, sino una salida ordenada y el mantenimiento de varios miles de hombres en “superbases”. Pero el país queda en una situación caótica.
El imperialismo estadounidense no consiguió ninguno de los objetivos políticos, militares y económicos que se había marcado al invadir el país y, por ello, se retira derrotado. No es casual que ahora se hable del “síndrome de Irak”: el miedo a realizar nuevas invasiones terrestres que se terminan transformando en largas guerras y “pantanos” político-militares.
Por eso, Irak es un punto de inflexión de la “guerra contra el terror” y de todo el proyecto de Bush. Ese es el balance que, por otro lado, hizo la mayoría de la burguesía y el propio pueblo estadounidense: Bush perdió las elecciones legislativas de 2006 y los republicanos las presidenciales de 2008.
El resultado en Irak impactó sobre Afganistán. En ese país, la guerra de ocupación también se transformó en una guerra de liberación de curso cada vez más desfavorable para el imperialismo y los talibanes, que encabezan esta lucha, hoy dominan la mayoría del territorio y ya realizan arriesgados atentados y operaciones militares en la capital, Kabul. Todos los analistas consideran que, en las actuales condiciones políticas y militares, es una nueva guerra “imposible de ganar”. La política de Obama se limita, en realidad, a tratar de fortalecerse un poco para negociar en las mejores condiciones posibles la retirada y la propia retirada puede imponerle aceptar la vuelta al poder de los talibanes.
Agravando más las cosas, un aliado estratégico del imperialismo, Israel, también sufrió una dura derrota en su invasión al Líbano, en 2006, frente a la heroica resistencia de las masas libanesas, encabezadas en esa lucha por Hizboláh.
Un cambio de cara para nuevas tácticas
Para volver aún más difícil la situación del imperialismo, el fracaso del proyecto Bush hizo que no se cumpliera en forma total el control de las fuentes de energía que era su objetivo lo que al combinarse con las profundas contradicciones del sistema capitalista acumuladas por décadas terminó por llevar al estallido de la profunda crisis económica internacional abierta en 2007 con una profundidad que no se veía desde 1929.
La derrota de Bush abrió una profunda crisis de conducción política en el imperialismo estadounidense. Frente una doble realidad negativa (dos guerras en situación muy desfavorable, profunda crisis económica), un sector mayoritario de la burguesía estadounidense, en 2008, apostó con Obama a lograr un “cambio de cara” adecuado a nuevas tácticas: lograr, con las negociaciones y el “consenso”, recuperar parte de lo que perdía frente a la luchas de las masas y como consecuencia de la crisis económica. Buscaba así ganar tiempo para buscar una salida mientras se navegaban esas aguas difíciles internas e internacionales.
Obama consiguió algunos resultados: negociar una salida parcial y ordenada de Irak, en el plano internacional, y pasar acuerdos como el de la reestructuración de la GM sin estallidos sociales, a nivel interno. Consiguió evitar la caída en una depresión, en 2009, y una recuperación parcial. Pero esta recuperación no alcanzó a superar las cuestiones estructurales que generaron la crisis. Obama fracasó en el intento de superar la crisis económica a nivel interno e internacional.
Esa falta de soluciones hacen que la burguesía estadounidense hoy esté dividida sobre todos los temas importantes: cómo enfrentar la crisis económica, cómo intervenir política y militarmente en el mundo, seguir invirtiendo en China o no; concentrarse en una nueva oleada inversora “nacional”, aprovechando una fuerte derrota de los trabajadores yanquis, o no; privilegiar la ayuda a los bancos o apoyar al complejo militar industrial…
Estas divisiones se expresan en una profunda crisis política, como se evidenció en el debate legislativo sobre la ampliación del límite de la deuda pública del que Obama salió claramente derrotado. Pero la consecuencia más grave para la burguesía estadounidense es que el conjunto del régimen político (basado en el equilibrio entre republicanos y demócratas, y entre el Presidente y el Congreso) sale muy desgastado en su funcionamiento, y con una desconfianza cada vez mayor del pueblo.
La fuerte disputa en la burguesía estadounidense se refleja en la duda sobre si la mayoría de la burguesía va a apostar en la manutención de perfil del “cambio de cara” de 2008, con la reelección de Obama, o si considera que este ya está “agotado” y dio todo lo que podía dar. Es una pregunta que sólo tendrá respuesta en el próximo año porque tampoco está definido que haya una verdadera alternativa de los republicanos creíble.
Lo que sí es totalmente claro es que la crisis de conducción política del imperialismo de EEUU, producto de la derrota del proyecto Bush, sigue abierta y que, en varios aspectos, se ha agravado, porque la “carta Obama” está bastante desgastada. Este sólo hecho bastaría para definir que la década fue de reveses para el imperialismo. Para estas derrotas el movimiento de masas mundial jugó un papel principal.
La revolución árabe en escena
Resulta imposible terminar de entender el balance de los 10 años del 11-S sin referirnos al extraordinario proceso revolucionario que se está desarrollando en el mundo árabe, que se extiende como un reguero de pólvora. Podemos decir que este proceso representa una nueva derrota del proyecto Bush porque ahora el imperialismo debe enfrentar un poderoso ascenso revolucionario de masas en esa región.
Uno de los objetivos centrales del proyecto Bush fue, precisamente, dominar con mano de hierro a los países árabes y musulmanes y sus reservas petrolíferas estratégicas (60% del total mundial). Las derrotas en Irak y Afganistán ya comenzaron a demoler ese objetivo.
Ahora, las revoluciones en el mundo árabe amenazan el corazón de todo el operativo imperialista en la región. Ya alcanzaron un país clave (Egipto) y un país muy rico en petróleo (Libia) y amenazan a los dos aliados más estratégicos del imperialismo en esa parte del mundo. Israel vive una importante crisis, cada vez más aislado internacionalmente, con el pueblo palestino realizando movilizaciones de masas que “perforan” sus fronteras y con un sector de la población judía israelí (los indignados) movilizándose por reclamos económicos. Se han alejado aliados poderosos y estratégicos como Turquía, que tenía excelentes relaciones políticas y militares con Israel desde su fundación, o Egipto, que había sido un elemento central para garantizar sus fronteras y el cerco a Gaza, desde el tratado de paz firmado por Anwar Sadat. Allí, fruto de la revolución y del repudio a las acciones sionistas, el gobierno amenazó revisar el tratado de Camp David. Por otra parte, Arabia Saudita ve como las revoluciones en otros países van cercando paulatinamente a la petromonarquía reinante.
Además, estas revoluciones representan otra derrota para el imperialismo, esta vez ideológica. Después del 11S, lanzó una feroz campaña para presentar la lucha de los pueblos árabes y musulmanes como protagonizada por “fanáticos religiosos” y “aparatos terroristas”.
Pero las revoluciones árabes, protagonizadas por la juventud, los trabajadores y las masas volvieron a poner en el centro de la situación mundial a las grandes movilizaciones y acciones de masas como factor posible de transformaciones históricas. Su lucha dejó de ser vista como el “fantasma terrorista” y pasó a ser un referente muy atractivo a ser seguido por los trabajadores y la juventud del mundo, como hemos visto en España, Grecia e incluso en EEUU, por lo menos al nivel del debate en la vanguardia.
En este panorama subsiste un aspecto fundamental negativo que explica porque los procesos no avanzan hasta la expulsión del imperialismo y la toma del poder por la clase obrera. No referimos a la ausencia de una alternativa de dirección revolucionaria. Esta ausencia le permite al imperialismo seguir maniobrando para buscar desviar y frenar las revoluciones y así seguir manteniendo su dominio a pesar del terremoto revolucionario.
Incluimos en esto lo ocurrido en Libia, donde la revolución se desarrolló como una dura guerra civil. Esa revolución estuvo dirigida contra el agente local del imperialismo, Gadafi. El imperialismo, tal como hizo en Egipto cuando tuvo que librarse de Mubarak, intenta “meter basa” en el proceso, a partir de la intervención de las fuerzas de la OTAN y del carácter proimperialista del CNT. Incluso se aprovechó de la falta de dirección revolucionaria para lograr que parte importante de los rebeldes libios viera esta intervención como una “ayuda” y no como un intento contrarrevolucionario para retomar el control y estabilizar la situación. Pero esta realidad, representando un profundo peligro actual, no puede ocultar que se trató de una revolución protagonizada por masas armadas que derrocaron al dictador Gadafi, hasta pocos meses atrás, “su hombre” en Libia, y por lo tanto, una derrota del imperialismo.
El imperialismo está peor que hace diez años, en todos los terrenos. La crisis económica lo obliga a mostrar su peor rostro con ataques cada vez más feroces a las condiciones de vida de los trabajadores y los pueblos, incluso en los propios países centrales. El “nuevo siglo americano” no sobrevivió una década. Bush cayó con él, y Obama se empantana en el lodazal dejado por su antecesor. La crisis política lo corroe y la revolución árabe, la lucha de los jóvenes y trabajadores de Europa ocupan el centro de la escena.
Sin embargo, subsiste el gran factor negativo: la falta de una alternativa de dirección revolucionaria con peso de masas. Pero esa situación mundial con las dificultades que tiene el imperialismo brinda la posibilidad de avanzar en mejores condiciones para su construcción. Por eso, como hace diez años, hoy en mejores condiciones objetivas, la construcción de esta dirección revolucionaria sigue siendo la tarea a la cual la LIT-CI vuelca todo su esfuerzo.

